Eduardo Cardozo, pintor emergente en la década de los ochenta, es también grabador, escultor y ha realizado intervenciones efímeras en el espacio urbano. Actualmente se halla abocado a una etapa de reflexión meticulosa en torno a los recursos y a los problemas sin solución de la pintura, retomando la representación de un "espacio mental" ya bastante transitado en la agenda del arte moderno, pero revisitado ahora desde una perspectiva que no es la de la parodia posmoderna, sino la de un atento escucha de las reverberaciones que han quedado latentes en la obra de Klee, Picabia, Kandinsky, Hans Arp.

La serie de obras seleccionadas corresponde a estas investigaciones. En ellas el espacio pictórico está marcado por el "tempo" de la técnica manual, del que da testimonio el gesto tembloroso y lento de las líneas de pincel, o los frecuentes vacíos e interrupciones del discurso visual.

Por otra parte, Cardozo confía en una endogénesis de la pintura en la que interviene el azar. Pero no el azar a la manera surrealista, y tampoco a la manera del "action painting"; es un azar en el que se funden a través de un lapso, hasta cierto punto incontrolable, la pintura y su soporte. El resultado no es "pintura sobre tela", sino pintura "a través" de la tela, de modo que ésta deja de ser -como concepto- un soporte, para transformarse en el propio cuerpo de la pintura. El lienzo intervenido a través de manchas de humedad y otras alteraciones que pasan a formar parte de su propia estructura física y visual constituye ya el espacio primario, dentro del cual Cardozo introduce, en una segunda instancia, otras intervenciones con instrumentos específicos del dibujante y del pintor, quedando atrapado en una situación de compromiso irreversible con el espacio original. Esta dependencia permanente de la segunda etapa de trabajo respecto de la primera deja al desnudo todo el proceso de incorporación de pigmentos, toda traza de pincel, todo juego de superposiciones, como si se tratara de un palimpsesto transparente cargado de tiempo –el principal insumo de la meditación–. “Si algo tapo –dice Cardozo, se verá que está tapado, si borro se notará el borrón, es decir que cada acción no tiene vuelta atrás, en ningún momento es posible empezar de nuevo como si nada hubiera sucedido.”

Aquella atenta receptividad que el artista confiesa respecto a la espacialidad en la obra de Klee, de Kandinsky, de Malevich, implica al mismo tiempo una toma de distancia respecto de toda esa metafísica, toda esa trascendencia de la geometría; implica un gesto más cercano a Picabia: un acto de humor medido que se deleita en el absurdo de narrativas  abstractas y de gestos pictóricos arbitrarios. Esas formas se rozan, se tocan, se separan y se pelean –dice Cardozo–. A veces quedan solas y perdidas, a veces se acompañan, pero siempre parecen estar buscando desaparecer en el espacio.

Gabriel Peluffo